Padres, eduquemos atletas de Cristo

Antropología pedagógica de san Juan Crisóstomo válida para los tiempos de hoy y su relación con la antropología personalista de Karol Wojtyla
UNIVERSIDAD
  • Universidad Católica de Valencia (UCV) 
PONTIFICIO INSTITUTO JUAN PABLO II
  • Máster en Ciencias del Matrimonio y la Familia
AUTORES
  • Diego Torres Julián
  • Mª de los Desamparados Sales Triguero
TUTOR
  • José Ignacio Prats Mora

Introducción

Vemos en nuestros tiempos que la impiedad crece sin medida. Europa vomita a Cristo, “dice el necio en su interior: ¡No existe Dios! Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien”[1]. Occidente rompe con sus íntimas raíces cristianas. Y en medio de este naufragio, Satanás fija su objetivo en destruir y acabar con cualquier resquicio de la verdadera familia cristiana, “reflejo viviente del Dios Trinidad”[2]. Sus costumbres, sus rituales, su orden, su modo de ser. ¿Debe entonces la familia desesperar, perder la confianza de poder mantenerse firme y fiel a la fe que profesa? ¡De ninguna manera!


El mundo y la cultura se acercan cada vez más a la más descarada iniquidad, “todos ellos están descarriados, en masa pervertidos”[3], caen sin remedio hacia lo “profundo del Seól”[4], se dirigen directos a “las fauces del león”[5]. Y, como si fuera una balanza de peso, mientras el mundo se hunde en el abismo, la familia cristiana ha de ser levantada y elevarse hacia la más radical y absoluta santidad. Se encuentra en una crisis[6], en el momento propicio, en el kairós[7] y, ha de elevarse, “como Moisés levantó la serpiente en el desierto”[8]. Nuestra sociedad necesita ver en la familia un signo del amor de Cristo crucificado. Y así, siendo signo de la Cruz Gloriosa, “todo el que haya sido mordido y la mire vivirá”[9], como ocurrió con el pueblo de Israel en el desierto.


Y si la mayoría de la sociedad toma la perversidad como sendero, no así para la familia cristiana, la cual ha de reencontrarse y radicalizarse, es decir, volver a sus raíces. ¿Debe entonces, en este reencontrarse, adaptarse al mundo actual adoptando costumbres y modos de vida paganas? ¡En absoluto! Pues no hay renovación sin tradición, es decir, sin una vuelta fiel a los orígenes. Es conveniente que se espolsen las costumbres y la mentalidad mundanas que como “pequeñas raposas que devastan las viñas”[10] se van adhiriendo silenciosamente. Debe de mirar al primitivo modelo apostólico, donde las familias eran verdaderas iglesias, verdaderos templos sagrados, donde se rendía culto a Dios en espíritu y en verdad, donde la casa era “la célula madre al servicio del Evangelio”[11]. La familia era entonces como una lumbrera en medio de una generación malvada y pervertida. Y en medio de muchos padecimientos, persecuciones, e incluso martirios, no rebajaron y aguaron el mensaje del Evangelio, sino que, con buen ánimo y asistidos por la gracia, se adhirieron a Él poniéndolo en práctica y encarnándolo en la vida cotidiana y familiar.


Y, en medio de esta espantosa guerra, ¿está perdida la batalla? ¿Hay algo que se pueda hacer? ¿Cómo transmitir la fe hoy? ¿Cuál es la tarea educadora de los padres en el seno de la familia? ¿Cuáles han de ser las prioridades para los padres? ¿Que no falte comida?, ¿que no falte trabajo?, ¿que vayan los hijos a la universidad para que tengan mejor salario en el futuro?, ¿que estén muy formados? O, ¿lo verdaderamente imprescindible es que tengan fe? ¿Acaso estas cosas son incompatibles? ¿Qué es lo primordial y lo más importante que ha de recibir el niño? Y, ¿Cómo transmitirles la fe en medio de esta sociedad? ¿Los llevamos a la parroquia solamente y esperamos que allí reciban la fe? ¿Debemos contentarnos con las catequesis de la parroquia? ¿La familia se debe de preocupar solo de una educación humana dejando la transmisión de la fe totalmente delegada a la parroquia y otras instituciones eclesiales? Es que, ¿acaso no se transmite la fe en la cotidianidad de la familia, en el día a día? ¿Es posible hacer de la casa un templo sagrado, un santuario, una Iglesia doméstica? O, ¿son solo palabras bonitas, pero sin contenido? ¿Puede la familia sobrevivir en nuestros tiempos sin estar sostenida por una comunidad eclesial seria y adulta? Y, para educarlos en la fe, ¿será necesario apartarlos de esta sociedad que apostata de Cristo e incluso que comienza a no conocerlo?

Debemos recuperar la verdadera y seria tarea educadora de los padres. Pues vemos hoy que muchos padres cristianos ni siquiera se plantean estas cuestiones, han sido imbuidos y arrastrados por una sociedad que se desacraliza, se descristianiza y donde la fe está en una profunda crisis. Creemos que los padres tienen una enorme responsabilidad hoy, educar transmitiendo la fe, educar imprimiendo en sus hijos la impronta de Cristo, grabando en sus almas las huellas de padres santos. Tienen la tarea de hacer de la casa un templo sagrado, una Iglesia doméstica, para ser sal, luz y fermento de esta generación que está profundamente necesitada de ver el Amor de Cristo encarnado en la familia cristiana. Y, ¿cómo podrán los padres realizar esta inmensa tarea? ¿Dónde se apoyarán?    ¿Con qué armas harán frente a su Enemigo?


Querríamos cimentar este trabajo dirigiendo nuestra mirada a los orígenes de la vida cristiana, a la tradición de siglos y siglos, a los Padres de la Iglesia, en concreto a la persona de San Juan Crisóstomo que, en su tiempo, amonestó a los padres para incitarlos y animarlos a llevar una vida de radical perfección y santidad. Y, unido a esto, veremos cómo adentrándonos en Crisóstomo resonarán las enseñanzas de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II que tanta luz han arrojado acerca de la vida matrimonial y familiar.

San Juan Crisóstomo vio la necesidad de que los padres atendieran con perseverancia a la educación de los sentidos desde la más tierna infancia con la finalidad de dar forma según el modelo y la figura de Cristo[12]. Al igual que Juan Pablo II, percibió que el cuerpo es un cuerpo para la gloria, que ha de ser preservado y educado para alcanzar la madurez y que éste se encuentra al servicio del espíritu para la plena realización como persona e Hijo de Dios. Qué más personalista que San Juan Crisóstomo, que, por divina revelación, vio adecuado elevar el cuerpo a la dignidad de templo, morada del Espíritu de Dios. Él no menospreció este cuerpo a través del cual somos capaces de acceder y abrir las puertas de la celda interior[13], de la morada más profunda del castillo[14] donde quiere habitar el Rey del Universo.


¿Y por qué llevar a cabo este trabajo? Porque vemos que la familia cristiana pasa por un momento de crisis; vemos que los padres delegan su tarea educadora e ignoran la importancia que tiene la tierna infancia en la educación; se han creído la mentira de que no son capaces de transmitirles la fe, de educarlos verdaderamente en Cristo; y porque vemos que la mentalidad mundana de nuestra sociedad, como una peste funesta[15], se introduce en la familia cristiana, devorando y acabando con el designio de Dios para con la familia.


Satanás, el Gran Dragón, hace la guerra y no descansa por tratar de llevar a la familia a una vida de fe mediocre, pobre, sosa, que no aspira a las cosas del cielo[16], sino que se conforma con llevar una vida acomodada. El Enemigo trata de alejar la aspiración de santidad de los matrimonios, cargando con pesados yugos la vida familiar, distorsionando la verdadera vida conyugal. Pretende hacer olvidar que el matrimonio no es la meta, sino un medio para alcanzar a Cristo, donde el cónyuge es compañero[17], ayuda adecuada[18], para alcanzar una meta en común, la vida eterna. Trata de esconder la riqueza y los bienes que brotan de una vida matrimonial totalmente entregada y abierta a la vida.


Y en medio de todo este combate contra la Iglesia, el matrimonio y la familia, Satanás pretende arrancar y arrebatar a los hijos del seno de la Iglesia. ¿Y cómo defender a nuestros hijos sino conocemos las puertas por donde entra el enemigo? ¿Cómo pretender custodiarles si no conocemos las estrategias de este enemigo? ¿Cómo haremos madurar y desarrollar los sentidos del alma si no sabemos educar los del cuerpo? ¿Cómo queremos que los hijos reproduzcan la imagen de Cristo si los padres nos conformamos con una vida mediocre?


Y son estas preocupaciones e inquietudes las que nos llevan a presentar este trabajo para tratar de traer las armas pedagógicas de San Juan Crisóstomo a los tiempos de hoy. Pues es necesario que en nuestra sociedad postmoderna y pagana surja la imagen de Cristo Resucitado a través de la verdadera familia Cristiana, que, como el arca de Moisés, a imagen de la Iglesia, sea refugio de las aguas caudalosas que amenazan con ahogar todo resquicio de santidad en la familia.

1 BIBLIA DE JERUSALEM, Los salmos 14, 1, Desclée De Brouwer, Bilbao 1975. A menos que se especifique, las citas bíblicas usadas en el presente trabajo han sido extraídas de la edición de 1975 de la Biblia de Jerusalén.
2 FRANCISCO I, Exhortación apostólica Amoris Laetitia (19.03.2016), 11.
3 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Salmos 14, 3.
4 SALOMÓN, Oda de Salomón XXIX, 4, en: K. ARGÜELLO, Resucitó XX Edición 2014, Centro Neocatecumenal Diocesano, Madrid 2014, 256.
5 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Salmos 22, 22.
6 Con crisis no sólo nos referimos a un momento de dificultad, sino también a un tiempo de ajuste óptimo para reencontrarse con las raíces de la familia cristiana. Esta crisis no debe paralizar a la familia, sino que debe catapultarla y llenarla de vigor y esperanza para encontrar su vocación a la santidad. Esta sociedad que parece destruir a la familia, sin darse cuenta, le ayuda a redescubrir su verdadera vocación.
DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA, “crisis”, en: dle.rae.es. “Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”.
7 Kairós (en griego antiguo καιρός, kairós) es un concepto de la antigua griega que representa un lapso indeterminado en que algo importante sucede. Su significado literal es ‘momento adecuado u oportuno’, y en la teología cristiana se lo asocia con el ‘tiempo de Dios’.
8 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Evangelio según San Juan 3, 14.
9 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Números 21, 8.
10 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Cantar de los Cantares 2, 15.
11 A. G. HAMMAN La vida cotidiana de los primeros cristianos: Un apasionante viaje por nuestras raíces, Palabra, Madrid 2002, 143.
12 Edith Stein: Formar consiste para la filósofa judía en “dar forma a un material para que alcance una hechura según su imagen” E. STEIN, Obras completas Vol. IV Escritos antropológicos y pedagógicos, Monte Carmelo, Madrid 2003.
13 En el diálogo, Catalina revela cómo Dios le enseñó a construirse una celda interior, en la que ninguna tempestad ni tribulación podía entrar y molestarla. Así, pues, Catalina se refugia en la inefable celda interior, que ya no abandonará nunca en el resto de su vida. “Quien quiera llegar al amor perfecto de hijo y participar de los inefables secretos de la intimidad de Dios, debe vivir en esta cada del conocimiento de sí. Es mucho más que andar recogido. Es vivir de modo habitual convencido de estar apoyado siempre -en el ser y en el obrar- por el ser y el poder de Dios” C. DE SIENA, El diálogo, BAC, Madrid 1955, 22.
14 T. DE JESÚS, Las moradas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 2006, 19: “Considerar nuestra alama como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas; que, si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice él tiene sus deleites. Pues, ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?”
15 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Salmos 91, 3.
16 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Epístola a los colosenses 3, 2: “Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra”.
17 La palabra compañero conlleva a que los dos no son un fin en sí mismo, sino que tienen un fin en común, un oficio, caminan juntos para llegar a una meta, implica estar en la posición del arquero, pues el hombre solo puede comprenderse a sí mismo mirando la silueta proyectada sobre el porvenir. Ser compañero implica no estar enfrentados, sino caminar juntos en el mismo ‘bando’. Son ayuda para llegar algún lugar, ¿Qué lugar es este? La vida eterna.
18 BIBLIA DE JERUSALEM, cit., Génesis 2, 18: “Se dijo luego Yahvé Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”.